Una Reflexión sobre el Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte

Anaís Mejía Calzadilla

Cuando me encontré con éste libro, hace ya bastantes años atrás, su efecto fue como poco a poco entrando en mí interior, luego no por azar, sino por causalidad, como todo en nuestra vida, me dejó con una fuerza de un torrente (año 25 del presente).

El libro al que me referiré a continuación, diría que es como la ampliación del primero que lleva el título del “Libro Tibetano de la Muerte” de Sogyal Rumpoché, combina la milenaria sabiduría del Tibet, con una moderna investigación sobre la muerte, los moribundos y la naturaleza del Universo, una serena revolución en la forma de tratarla, la asistencia del moribundo y el aprecio a la vida y el trato a los seres vivos, nos aconseja cuidar de los moribundos, como poder ir más allá de la negación y el miedo, para descubrir la inmutabilidad que le sigue, como ofrecer ayuda espiritual, llegando a ser una fuente de inspiración sagrada, hasta convertirnos en “servidores de la paz” que trabajan en el mundo, con entusiasmo, sabiduría y compasión, con ternura decantada, descubrir la realidad que verdaderamente está en estas dos palabras: vida y muerte, alfa y omega, principio y fin.

En el Prólogo del mismo, “Su Santidad” el Dalai Lama, en su condición de budista, contempla la muerte como un proceso normal y nos dice: “si nuestra vida está llena de violencia, si nuestra mente ha estado agitada, por apego, temor o miedo, hemos de aprender a vivir bien, manteniendo la esperanza de una muerte apacible, cultivando la paz en nuestra manera de vivir”.  No solo es necesario para ayudarnos a morir y ayudar a los otros a morir bien; cuando nacemos, somos desvalidos e impotentes, sin afecto y cuidados no habríamos vivido, los moribundos son así, igualmente incapaces de valerse por sí mismos, deberíamos aliviar su angustia, su malestar y asistirlos en la medida de lo posible para que mueran con serenidad, evitar todo aquello que perturba la mente, asistirlos para, en la medida de lo posible para que mueran con serenidad.

La simple actitud afectuosa puede generar una actitud serena y sosegada en la mente de la persona que está por morir.

En los últimos años en Occidente se ha abierto un pro este “destino trágico” y ya hay muchos pioneros entre otros Elisabeth Kubler.Ross, Raymond Moody y grupos de grandes personas investigando y dilucidando esto que tanto nos agobia.

Entre las grandes tradiciones espirituales del mundo, Tibet ocupa su puesto estelar. Según la sabiduría de Buda, podemos utilizar nuestra vida para prepararnos para la muerte, podemos hacer de cada instante una oportunidad para prepararnos con precisión y seguridad.

En esta enseñanza maravillosa de Sogyal Rampoché, alumno de toda su vida de los más excelsos lamas de Tibet, encontramos la totalidad de la vida y la muerte, presentadas conjuntamente como una serie de realidades transitorias y en constante cambio llamadas “Bardos”, estado  intermedio entre la muerte y el renacimiento.

El concepto de muerte, hoy por hoy, todavía en Occidente es muy estrecho, en los últimos años se ha avanzado un poco, o mucho más la ciencia de mente-cuerpo y la psicología transpersonal, sigue reduciendo la muerte a menos procesos físicos que se producen en el cerebro, lo que va en contra de milenios de experiencias místicas y meditadores de todas las religiones.

Las enseñanzas de todas las sendas místicas del mundo dejan claro que en nuestro interior, hay una enorme reserva de sabiduría y compasión, si aprendemos a utilizarlo no solo nos transformamos a nosotros mismos, sino también al mundo que nos rodea de una manera que incluya reconocer la naturaleza de la mente, lo que equivale a generar en la base del propio ser una comprensión que cambiará la mirada del mundo, ayudando a cultivar de un modo natural el deseo compasivo de servir. Aquí toca recordar a Santa Madre Teresa de Calcuta: “quien no vive para servir, no sirve para vivir”. Esta unión dinámica de sabiduría y compasión sería la participación más eficaz en la conservación del planeta, nos inspira a ese salto, gran salto hacia adelante, hacia esa evolución consciente de la humanidad.

Aprender a morir es aprender a vivir, aprender a vivir es aprender a actuar no solo en esta vida, sino en las vidas por venir; como dijo Telhard de Chardin: “algún día, después de haber sometido los vientos, las olas, los mares y la gravedad (…) dominaremos (…) las energías del amor. Entonces, por segunda vez en la historia de la humanidad, el hombre habrá descubierto el fuego, o como expresó Rumi en esa maravillosa ocasión: “Oh amor, oh puro y profundo amor, sé aquí, sé ahora, se todo e infinito resplandor, las frágiles hojas vivas arden contigo, más brillantes que las frías estrellas”.

(Sigue)

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