Federico No Ha Muerto

José Félix Díaz Bermúdez

Muchos están muertos en la vida, en una vida triste, en una vida oscura, en una vida ímproba, en una vida de continuas miserias.

Cuando en España rememoramos la muerte, el suplicio, el horror de un preso, de esos que han matado, de esos que han asesinado, hundido, sepultado, callado, humillado, me acuerdo de todos y de Federico; y sí levantamos los ojos y miramos con ellos en toda dirección, cuánta sangre, cuánto dolor…, las manos, las manos no, el alma ensangrentada como consecuencia de la opresión al ser humano.

Han transcurrido 90 años de aquel 18 de agosto en el cual fue llevado en horas de la madrugada el poeta, dramaturgo, conferencista, amistoso, afectuoso, sensible, con una humanidad excepcional, a la muerte.

Lo primero que hice en Madrid al llegar fue ir a la Puerta del Sol y desde allí, abriéndome paso entre turistas, en medio de una luz intensa y el calor sofocante, me encaminé a la calle del Príncipe, sombreadas sus aceras por la altura de los edificios, y a poca distancia, al frente del Teatro Español, la plaza de Santa Ana donde aprecié la estatua de Federico, amable, cordial, con sus manos sosteniendo un ave a punto de volar, con flores en sus pies, flores en sus manos, claveles, rosas, con las cuales se le estaba homenajeando y una sencilla pero significativa inscripción: “Madrid a Federico García Lorca”.

Al analizar los motivos de aquella absurda muerte física nos encontramos mezcladas las pasiones: el odio, la envidia, la intriga, la venganza que sacudía a España y que degeneró en la Guerra Civil, el desquite que provino en parte por haber escrito: “La Casa de Bernarda Alba”, por lo que significaba para sus dolientes, una familia de Granada resentida contra Federico por lo que estaba detrás de aquella historia.

Juan Valdéz Guzmán, el Gobernador Civil de Granada, responsable de la represión, el que ordenó matarle luego de consultar con Queipo del Llano, quien respondió con el peor de los sinismos: “dadle café, mucho café”; el denunciante Ramón Ruíz Alonso, un tipógrafo y diputado de la CEDA; el dueño del coche que lo transportó esa noche Juan Luis Trescastro, figuras oscuras involucradas en el acontecimiento.

Al descubrirse el crimen, desde entonces y hasta ahora, las repercusiones han sido generales en diversos lugares en España y América a lo largo de los años. Don Antonio Machado en su verso: “El Crimen Fue en Granada” lo señala: “Se le vio, caminando entre fusiles,/ por una calle larga/ salir al campo frío, aún con estrellas, de madrugada./ Mataron a Federico,/ cuando la luz asomaba./ El pelotón de Verdugos,/no osó mirarle la cara/… Que fue en Granada el crimen/ sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada…”. De la misma manera su amigo Rafael Albertí, con quien tuvo tantos encuentros de creación y poesía, expresó: “No tuviste tu muerte, la que a ti te tocaba. / Malamente, a sabiendas, equivocó el camino”. Igualmente, por su parte, entre tantos otros, Manuel Altolaguirre, lo ha resumido todo, porque: “El árbol de tu nombre ha florecido/en una incalculable primavera”.

Extrañamente el tema de la muerte fue para Federico García Lorca una constante espiritual y humana. A la muerte era una de sus angustias: “Quiero dormir el sueño de las manzanas,/ alejarme del tumulto de los cementerios”, escribió, y dolorosamente lo logró, en aquel sitio aún desconocido entre Alfacar y Vizmar en la serranía de Granada, montes donde fue fusilado rodeado de enemigos y de víctimas.

Aun cuando el móvil político estuvo presente en la muerte de tantos durante la terrible Guerra Civil Española, Federico se definió como español: “hermano de todos”; se manifestó a favor de los más pobres a los cuales le llevó la cultura como director del teatro universitario: “La Barraca”, que lo llevó de pueblo en pueblo en distintas provincias de España.

Hay elementos para pensar que Federico no era un militante activo de ninguno de los partidos. Sin embargo, era entrañable amigo de Fernando de los Ríos, republicano, pero también en el momento crítico de su persecución en Granada permaneció en la casa de Luis Rosales, miembro de una familia falangista, y se dice que José Antonio Primo de Ribera fue amigo del poeta pero otros testimonios señalan que no. De la misma manera ante el crimen se señala que Franco hizo alusión a su muerte indicando que: “…los rojos han agitado ese nombre como un señuelo de propaganda…” “…queda dicho -según el caudillo español- que no hemos fusilado a ningún poeta…” (1938).

En lo turbio de aquellas horas lo cierto es que Antonio Rosales, uno de los dueños de la casa donde Federico se escondió, conminado y amenazado parece, confesó bajo amenaza que el poeta se encontraba refugiado en la casa de sus padres, y fue aquel Ramon Ruiz Alonso, diputado del CEDA el que materializó la detención. Lo cierto es que elementos pertenecientes a la derecha dividida y enfrentada en Granada fueron los responsables de aquella muerte injusta.

Al pensar en Federico asesinado tenemos que citar a tantas otras víctimas de los injusticias del poder que permanecen en las cárceles o están desaparecidas y cuya condena está en su propio caso, en su propio martirio, en el asesinato de uno de los más grandes poetas de España, tal y como lo señala el bloque que se alza en el barranco de Viznar: “Lorca eran todos”.

jfd599@gmail.com

(Tomado de El Universal, Venezuela, 23/08/2026)

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