José Félix Díaz Bermúdez
Si bien de acuerdo a la reflexión de los historiadores con respecto al siglo XX el mismo fue para muchos un siglo corto, indudablemente intenso, en su transcurso se manifestaron sucesos de extraordinaria significación: dos guerras mundiales; la necesidad de conformar un nuevo orden internacional; el extraordinario crecimiento de la población y sus necesidades; la existencia de una generalizada incertidumbre; el desarrollo de la tecnología; el afán materialista vs el sostenimiento y afirmación de valores humanistas esenciales.

La marginalidad que se incrementó en buena parte del siglo con sus manifestaciones de profunda desigualdad, injusticias y violencia, ha supuesto un reto, una mayor exigencia para la democracia en distintos países. Ante sus problemas, sus contrarios, se valieron de distintos argumentos y episodios para desacreditar la democracia representativa, pero, en muchos casos, sin poder sustituirla y sin lograr hacer realidad las exigencias de la participación ciudadana en la toma de decisiones.
El surgimiento de nuevos derechos y de las instituciones protectoras; la tendencia de una mayor presencia de grupos sociales que ejercen y reclaman derechos fundamentales ha sido una constante tendencia de creciente importancia.
La supuesta crisis de los valores de Occidente (entre ellos la democracia) y el intento de nuevos bloques que se presentan como formas alternativas, propias y culturales del ejercicio de la política, han mostrado frente a ellos sus intrínsecas debilidades y su indetenible caída.

El comunismo en todas partes donde estuvo realmente fracasó: el fin de la Unión Soviética y el descrédito indetenible del discurso revolucionario cubano, que contrasta dramáticamente la condición de su propio pueblo, constituyen entre otras la mejor demostración.
Por su parte, la democracia ha avanzado en diversos países y la pugnacidad entre la derecha y la izquierda ha evolucionado para equilibrar los derechos sociales vs las libertades económicas más importantes. Ese acomodo ha permitido, en buena medida, el desarrollo social que ha impulsado el capitalismo de nuevo signo.

El actual siglo XXI contiene nuevas manifestaciones de las ideas políticas y de particulares fenómenos sociales como son: la presencia de una revolución conservadora, una especie de “Nouvelle Droit” (“Nueva Derecha”) adaptada a los sistemas liberales clásicos y con distintos grados de intensidad; el replanteamiento de la influencia de los Estados Unidos versus China y Rusia; el fracaso del populismo de izquierda con atroces resultados en América Latina y sus gobiernos más representativos; la derecha, por su parte, adquiere nuevas modalidades, y la izquierda para sobrevivir tendrá que transitar hacia un Nuevo Centro, tal y como han expresado Joan Antón y Joan Vallbé: “La izquierda moderna hace del pragmatismo capitalista su bandera… una recapitulación ante el dogmatismo del mercado” (“Las Ideas Políticas del Siglo XXI”, Ariel, 2002).

Ante este panorama todos los más autorizados análisis se orientan a reconocer el triunfo de la democracia liberal ante la transformación de las viejas ideologías; la información moderna y tecnológica ha revolucionado al mundo; la transparencia como conducta y valor se hace cada vez más necesaria; la sociedad civil y participativa avanza ante cualquier tipo de gobierno, éstos tendrán que ser más eficientes y responder mejor a las necesidades sociales; en paralelo, el desarrollo y el control globalizado del mundo tecnológico obligará a imponer ciertas limitaciones de parte de los gobiernos sin prescindir de la libertad de los individuos y de los derechos de la sociedad según su propia dimensión humana y cultural.
En conclusión, la democracia tendrá que sobrevivir el fracaso de las ideologías de la izquierda y de las futuras tendencias fascistas de derecha, así como también la apatía de ciertos sectores y, ante todos, mostrar su vitalidad política para comprender y orientar esta nueva sociedad.





