José Félix Díaz Bermúdez
(Retrato del general patriota José Félix Ribas, héroe de la batalla de La Victoria)
Cuando se presentó sobre Caracas la implacable amenaza de las huestes de Boves en la época más amenazante y más terrible de la guerra, la “Guerra a Muerte” tal y como la recuerda nuestra historia, el Libertador Bolívar desde Valencia, el 05 de febrero de 1814, hizo un llamamiento extraordinario con el cual no solamente invitaba otra vez al heroísmo sino también a la comprensión de aquel momento que exigía una resolución definitiva para salvar la vida y sostener a la República:
(Retrato de Simón Bolívar hacia 1819)

«Habitantes de la Provincia de Caracas: Un jefe de bandidos, conocido por su atrocidad, el perverso Boves, ha podido penetrar hasta la Villa de Cura, reuniendo esas cuadrillas de salteadores esparcidos en los caminos de los Llanos…», y recordaba: «Ejércitos disciplinados no han podido avasallarnos, y sólo han combatido para su oprobio…».
(José Tomás Boves, caudillo realista)

Ante tal situación, carente como se encontraba la ciudad de un ejército regular para defenderla, exigió Bolívar a los suyos lo más caro del orgullo patrio, lo más alto del honor ciudadano al preguntar sí: “¿… una irrupción de viles asesinos podría, pueblos generosos, envilecer vuestro indómito brío? ¿Podrían ser alguna vez infamados esos venezolanos invencibles, terror de la España, honor de la América, admiración del mundo? No, vuestra indignación exaltada vuela ya con una noble cólera, a castigar tantos ultrajes. Armaos en el instante, pueblos todos; que un ladrón no puede desolar ni deshonrar impunemente; corred a presentaros en La Victoria y Valencia…».
Pocos días antes, el 3 de febrero, los patriotas habían sido seriamente derrotados en La Puerta, y sus fuerzas se encontraban dispensas por lo que el avance de Boves resultaba inminente.
(Litografía del general Juan Bautista Arismendi)

Al conocerse en la ciudad la proclama de Bolívar, la alarma se generalizó pero, al mismo tiempo, la población se movilizó. El entonces coronel Juan Bautista Arismendi, gobernador militar, ordenó el 8 de febrero que: «… a las dos de esta tarde deberán hallarse en la plaza de la Catedral todos los individuos desde la edad de doce años hasta los sesenta, sin excepción alguna, con las armas que cada uno tenga…» advirtiendo que en caso contrario los que faltaran iban a ser considerados reos de lesa patria.
Se dispuso igualmente que los clérigos y los religiosos se reunieran en el Convento de San Francisco, lugar que fue testigo de tantos hechos trascendentes y, en especial, el juramento que los libertadores habían pronunciado en defensa de la patria y la conservación de la República. En horas de la tarde, en los distintos sitios donde fue colocado el llamamiento: «…en cinco partes diversas de esta capital» -tal y como lo asentó el Escribano Público don Francisco Valles- los ciudadanos: «demostraron aplauso con vivas a la Patria».
(Convento de San Francisco en la época colonial, Caracas)

Aquello iba a constituir un nuevo sacrificio que aceptaban los hombres y las mujeres de Caracas, aquellos para ir a luchar, y estas, valerosas y sacrificadas siempre, para despedirlos como lo hizo cierta vez Juana Antonia Padrón, madre de los célebres patriotas Mariano y Tomás Montilla, al indicarles que: «No hay que comparecer en mi presencia si no volvéis victoriosos». La indiferencia, la cobardía y la traición esconden desde entonces sus rostros ante tal ejemplo de dignidad venezolana.
Los seminaristas y estudiantes se despojaron de sus hábitos y se integraron a las fuerzas ciudadanas de la División Caracas al mando de José Félix Ribas. En apenas 2 días se logró reunir unos 1200 hombres quienes llegaron a La Victoria el día 10 para oponerse a Boves y derrotar la tiranía.
La: «Gazeta de Caracas» apuntó para la historia un admirable testimonio: «la mañana del 8, lejos de ser un día de conflicto, es un día de triunfo por el pueblo caraqueño. Más de 4.000 hombres se reunieron en este día, al toque de alarma…, con repetidas vivas y aclamaciones a la libertad de la patria».
(Monumento a José Félix Ribas, La Victoria, Estado Aragua, Venezuela)

La batalla de La Victoria representa un acto de virtud republicana, de heroísmo civil, de valor militar, de sacrificio ciudadano. Se erige entre nuestros hechos principales no tanto por la magnitud de los ejércitos o lo decisivo de la acción sino por sus actores, su carácter, su significación.
Ella personifica a la libertad que sin recursos tomó las armas contra la tiranía, se precipitó contra ella, llevó entre sus defensores a soldados bisoños, estudiantes que a Dios se consagraban y resolvieron entregarse a la patria para sostener a la República contra los bárbaros de entonces, los bárbaros de siempre, que amenazan libertades y derechos para detener injustamente la marcha enaltecedora de la historia.
Ninguna otra expresión sintetiza mejor lo que representaron en la historia aquellos valientes: «… los ejércitos de la República libertarán a los oprimidos y exterminarán a los opresores”, tal y como lo inmortalizó Tomás Montilla.
Es por ello que La Victoria simboliza lo mejor de nuestro orgullo patrio, lo mejor de la fidelidad republicana, la irrenunciable determinación de Venezuela a ser libre, soberana y democrática.
(Andrés Eloy Blanco, presidente de la Asamblea Nacional Constituyente de 1947)

La admirable batalla de La Victoria tuvo lugar el 12 de febrero de 1814, y fue nuestra ilustre Asamblea Nacional Constituyente del año 1947, presidida por el poeta Andrés Eloy Blanco, que decretó esa inmortal efeméride como Día de la Juventud, el día 10 de febrero de ese último año.
(Tomado de El Universal, 08/02/2026)





