José Félix Díaz Bermúdez
(Estatua Ecuestre del Gran Mariscal Sucre en La Paz, Bolivia)
Si precisamos en algún momento de nuestra historia la determinación de referencias que permitan vislumbrar una lección moral, un acto ejemplarizador, un hecho trascendente que nos señale el camino a seguir, verdadero, excepcional, fundamental para escoger y retomar nuestro destino, la vida de Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho, como hombre, como ciudadano, como militar, como diplomático, como magistrado y, en particular, como Presidente de Bolivia, constituye un precedente de virtud, de honor, de dignidad, de sacrificio y de deber bien ejercido a favor de nuestros pueblos.
Entre tantos actos ilustres que marcaron su desempeño en el poder republicano en aquella incipiente Nación, -cuya deliberación estimuló desde el primer momento de su llegada al Alto Perú-, se encuentra, precipitado por los sucesos que produjeron aquel Motín de Chuquisaca (18-04-1828), el mensaje con el cual Sucre renunció en 1828 a la presidencia vitalicia de Bolivia, un acto de sin igual elevación moral y sapiencia política en una América que ya evidenciaba sus conflictos y sus desacuerdos, sus divisiones y atentados, sus conspiraciones y “revoluciones” inútiles, sangrientas, dolorosas.
Para Sucre era superior el bien de la patria y: “siguiendo los principios de un hombre recto he observado que en la política no hay amistad ni odio, ni otros deberes que llenar, sino la dicha del pueblo que se gobierna, la conservación de sus leyes, su independencia y su libertad”. No opuso sus preferencias individuales al ejercicio de sus deberes públicos, y prefirió no dar castigo a quienes atentaron contra su vida al considerar que tales actos eran contra a su persona y no contra la República.
(Busto de Sucre en La Paz Bolivia)

Quería el examen de cuanto realizó, esperaba el juicio diáfano de los hombres, libre de acriminadora maldad, y para ello, rogó al Congreso de Bolivia que no se le aplicara el privilegio de la inmunidad constitucional, jurando regresar si se le acusaba de alguna falta: “exijo este premio –indicó– con tanta más razón, cuanto que declaro solemnemente, que en mi administración, yo he gobernado, el bien o el mal yo lo he hecho…”.
No auspició Sucre las disputas, por el contrario, desde el comienzo de su mandato dictó medidas invitadoras a la unidad y al acuerdo. En su Decreto de Amnistía (24-03-1826), conminó al olvido de los resentimientos nacidos de la guerra y exoneró sanciones por las opiniones del pasado. Igualmente, a quienes atentaron contra su autoridad en el motín de Chuquisaca les dio amplias garantías.
Sucre fue la virtud: acató la Ley y respetaba al ciudadano; fomentó el progreso; liberó de injustas exacciones a los indios; obedecía a los otros poderes y ejecutaba el suyo; fundó escuelas cuyos planos realizó; construyó orfanatos y se erigieron catedrales; dio normas a la hacienda nacional y se cancelaron las deudas del tesoro; protegió al periodismo.
Terminó su mandato añorando una República: “sin que sea necesario que el estrépito de las bayonetas esté perennemente amenazando la vida del hombre y asechando la libertad”.
Tal es su lección imperecedera: sostener a la República, proteger la libertad y los derechos, abrir el camino a la Nación, ya que, tal y como lo expresó como síntesis y llamado extraordinario, propio de su gloria, aspiraba: “… la paz porque la necesitan los pueblos” y, además, un verdadero ciudadano: “… todo lo sacrificará al bien de la patria que tanto nos cuesta…”.





