La Paz, el Poder y el Derecho Universal

José Félix Díaz Bermúdez

Ante el Congreso de los Diputados de España, en medio de los gravísimos conflictos actuales suscitados por el personalismo, la ambición, el atentado progresivo contra la democracia, la amenaza a la estabilidad política establecida allí como parte del logro histórico de la sociedad de ese país luego de la muerte del general Francisco Franco, el papa León XIV, durante su visita apostólica a esa gran Nación, ha pronunciado uno de los discursos más significativos que se contará entre los más importantes de su pontificado.

Allí ha expuesto trascendentales temas, temas del pasado, temas del presente, temas del futuro, de lo que debe ser desde la perspectiva divina y humanista de la Iglesia Católica, la concepción de la persona humana, su libertad, su dignidad, la justicia, el carácter de las instituciones y del poder político frente a las necesidades de los individuos y de los pueblos.

Ante los problemas actuales de la humanidad, frente al dilema que hoy en España, en Europa, en América, se pone de manifiesto, así como en el mundo: las guerras; la migración forzosa; la pobreza; la existencia de gobiernos autoritarios que degradan, persiguen y limitan a los hombres; el constante desconocimiento en definitiva de la dignidad del hombre, la postura del papa León XIV es trascendental, y les exige y reclama a los políticos de España y, en paralelo, a todos los demás, levantar las miras y que desarrollemos en el mundo: “una cultura abierta a la verdad, dotada de libertad, y movida por una sed de eternidad”.

Citando el diálogo aleccionador entre el Quijote y su escudero, en la inmortal novela cervantina, en el cual le señala: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos», y además, el admirable pensamiento divino de Santa Teresa de Ávila y de Unamuno; el pensamiento humanizador de la Escuela de Salamanca, así como la visión extraordinaria de los derechos de los naturales de nuestro continente por parte de la reina Isabel la Católica, le ha recordado el papa a España de donde viene y hacia donde debe marchar su sentido histórico, cómo debe ser su actuar humanista, político y social; cuál debe ser el sentido del derecho, de la ley, de la actuación de los gobiernos, y cómo debe repercutir tales acciones en el reconocimiento de la dignidad del hombre.

Particular relieve alcanzó la reflexión papal al citar a don Francisco de Vitoria y su extraordinaria aportación al enseñarnos como filósofo y jurista: “el valor irreductible de cada ser humano y los límites del poder”.

El santo padre le ha formulado a España, y a nosotros una pregunta esencial, contentiva de una advertencia y un reclamo: “¿…cómo hacer que lo posible sea justo, qué lo legal sea verdaderamente humano, qué la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar…?”.

Con autoridad ética y religiosa indudable, ha demandado a los políticos, en el hemiciclo de la ley, qué el diálogo sea posible, qué se debe respetar al otro, qué la razón debe privar sobre las ambiciones ilegítimas, qué el derecho, la libertad y la justicia debe privar sobre lo que le es contrario, y qué la existencia de acuerdos o mayorías temporales, lo que ha llamado: “consensos mudables” en los que se basa la política pragmática de estos tiempos, no pueden colocar en entredicho los principios, los derechos, la libertad y la dignidad del hombre, el bien común.

Ante esa imposición autoritaria que los que ejercen el poder utilizan para sojuzgar las libertades de los individuos y de los pueblos, la postura papal no puede ser más contundente: “la dignidad humana está por encima del Estado, es innegociable … ”.

La defensa de los no nacidos, de los menores, de los ancianos, de los más débiles, del que: “sufre en silencio”, de la familia y de la vida ante todo aquello que pretende mediatizarla y afectarla, tiene en el pensamiento de la Iglesia Católica a través del extraordinario discurso papal, un carácter relevante.

Exige, una vez más, a los gobiernos, la existencia de un: “conjunto de condiciones de la vida social”, que permita la realidad de los derechos, de la vida de los individuos y de la sociedad, y ha criticado con dureza en surgimiento en la política de esos: “…intereses parciales incapaces de custodiar lo que le pertenece a todos…”.

La realidad de la confrontación política española actual, y la de otros países incluidos los nuestros, evidencia la profundidad de las crisis y la inobservancia de las reglas de la convivencia, del diálogo, de la concretización de acuerdos justos, válidos para satisfacer los derechos y la dignidad humana. En virtud de la degradación del ejercicio del gobierno y de las relaciones entre partidos y dirigentes, el papa León XIV afirmó: “la pluralidad política no debe degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz”.

Su reflexión sobre la libertad, los derechos de la persona, de la comunidades y de las asociaciones fue categórica al expresar que los poderes públicos no pueden restringirlos, y que el sentido de toda la construcción de los valores del hombre y de la sociedad que ha inspirado a nuestra civilización, nos indica, como legado irrenunciable y fundamento la libertad moderna que: “…los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen a la comunidad…”.

Tal ha sido entre otros el ejemplar y prioritario mensaje de esta histórica visita apostólica a España, y cuyas consecuencias deben repercutir en su realidad política para que la misma supere por medios democráticos sus agudas diferencias, se imponga la justicia, la ley alcance su verdadero espíritu y se logre la paz, que a juicio de León XIV, debe ser: «…una aspiración política… y una exigencia moral… que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia…” , que en suma es la praxis de una auténtica vida democrática.

Mucho debemos aprender en Venezuela y otras naciones nuestros de este llamamiento profundamente humano, cierto e indispensable para superar nuestros terribles males y la absurda negación de una posición diferente que reclama la razón, la necesidad del país, la más avanzada concepción del ser humano que bien ha sabido interpretar el santo padre como expresión de la doctrina de la Iglesia Católica como servidora de la humanidad.

(Tomado del diario «El Universal», Venezuela, 14/06/2026.

 

 

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