Educación, educación

Nuestra cultura se basa en el favor y no en el deber y la responsabilidad del servicio. Desde tiempos de la colonia encontramos evidencias de prácticas indebidas

“Educación, Educación, Educación” fue la respuesta esencial que el ilustre historiador Guillermo Morón nos diera ante nuestra persistente inquietud sobre la forma de corregir los males de la República. Educar para la libertad, para la democracia, para la convivencia y la ciudadanía se hace imperativo. 

Al observar las grandes contradicciones de la conducta venezolana y de sectores de la administración, consideramos que debemos actuar sin más demora para rectificar y corregir. 

La realidad cotidiana en las calles y en algunas instituciones demuestra la gravedad de nuestra crisis. En las vías impera el caos y la actitud de constante agresión al ciudadano. En lo institucional se aprecia que no existe en la mayoría de los casos una verdadera noción de Atención al Ciudadano efectiva, eficiente, digna. 

Hacer tramitaciones en algunos lugares es humillante. Los procedimientos engorrosos estimulan la inefectividad y los bajos manejos que procura la entorpecedora burocracia. La discrecionalidad insultante, la solicitud descarada de beneficios ilícitos es frecuente. 

Nuestra cultura se basa en el favor y no en el deber y la responsabilidad del servicio. Desde tiempos de la colonia encontramos evidencias de prácticas indebidas. En tiempos de la República no obstante los esfuerzos iniciales, las sanciones y el requerimiento de otra actuación se extendió prontamente la corrupción y el atropello. 

En nuestros hábitos existe la tendencia de evadir e incumplir. No existe una consciente y responsable manera generalizada de acatar, de observar límites razonables y necesarios. Son complejas y extendidas las formas de evadir ante lo cual pareciera hacerse inoperante cualquier forma de control. No actuamos como verdaderos ciudadanos. 

Basta ver circular o intentar atravesar una calle de Caracas. Se ha perdido toda urbanidad. Las pasarelas son adornos que la gente no usa. El respeto a los otros en muchos casos ha desaparecido como hábito. Buscamos transgredir no cumplir. 

El grave la fractura en nuestra estructura moral y en nuestros valores sociales. Los deberes cívicos son parciales y los imponen ciertas obligaciones pero no nuestra convicción.  

Debemos arbitrar dentro y fuera del sistema educativo comprendido las necesidades urgentes medios, estrategias para influir en una modificación de la conducta de la sociedad. 

Formar ciudadanía se hace necesario y urgente, prioritario en todos los ámbitos: no venimos a asaltar a lo público ni a ser indiferentes ante su resultado; la función pública debe restablecerse y adquirir sentido de servicio; la civilidad debe otra vez manifestarse para superar nuestro desorden. 

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