José Félix Díaz Bermúdez
Reflexionar sobre la muerte, debe ser para nosotros los católicos reflexionar sobre la vida. Nuestra cultura, nuestra cultura occidental, muchas veces, pareciera estar sometida a un concepto extraordinariamente limitado a nuestro temor y dolor ante ella, influido en la creencia de que con la misma llegamos al final de nosotros mismos y de todas las cosas.
(Libro de la Muerte, Tumba de Siptah, XIX dinastía).

¡La muerte…! Que ha sido el culto de civilizaciones anteriores, la egipcia en especial. Templos erigidos a difuntos y conocimiento al mismo tiempo de un viaje espiritual; provisiones para ese viaje que lo conduciría a la eternidad en el cual los aguardaba Osiris. La seguridad de un renacimiento espiritual en el más allá.
(Alegoría de la Justicia, Jacobello del Fiore (siglo XV).

En nuestra tradición de origen bíblico, la transgresión al probar el árbol de la vida, hecho cometido por Eva y por Adán, quebrantando los mandatos de Dios, determinó la muerte de los hombres como sanción inevitable.
(Adán y Eva, Arte Bizantino)

Sin embargo, desde la antigüedad en los más remotos textos de la biblia, surge la promesa extraordinaria: “Los muertos van a revivir”. Tiempo después, Daniel afirmó la existencia de la resurrección y la compensación para aquellos que fueron justos.
Sobre ellos, Mateo, en el Nuevo Testamento expresó la admirable promesa: “Los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su padre”.
Definitivamente Dios es más fuerte que la muerte, y Jesús lo proclama como hijo suyo: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí no morirá jamás”.
Escuché, recientemente, a Monseñor Enrique Ovies en una ilustrada y profunda homilía sobre lo que implica la muerte y señalaba: “…la muerte no es el final”, afirmando que es así para aquellos que creemos en Cristo resucitado. Nos recordaba en el encuentro el ilustre prelado, que: “Oh feliz muerte la de Cristo, que nos trajo la salvación”.
(Cristo, Tapiz del Museo Vaticano)

Más allá de la contrariedad inmensa que para nosotros supone la muerte terrenal, la desdicha y el dolor, la aflicción profunda que la misma nos causa, Ovies nos invitó a superar este sufrimiento terrenal y nos aconseja sabiamente que: “pensemos en la verdad del cielo”.
Esta propuesta es extraordinaria porque nos sitúa en la esperanzadora dimensión del hombre y del espíritu.
El hombre corporal finaliza; el hombre espiritual permanece; la vida eterna es la promesa; la vida eterna supone como bien lo expresó monseñor: “ese encuentro con Cristo; ese encuentro con el espíritu santo; pero, sobre todo, el encuentro con el Padre”, para lo cual cada uno se debe preparar. “La muerte nos libera”, resaltó, de esas ataduras terrenales como la enfermedad y la decadencia del hombre.
La muerte es una etapa hacia la vida; la vida definitiva, la vida eterna, la vida permanente y trascendente.
(La Escalera de la Vida Eterna, Monasterio de Santa Catalina, Monte Sinaí).

San Francisco calificó como: “hermana” a la muerte, hermana que nos acompaña desde el mismo día que nacemos. La muerte es una etapa hacia la vida, y así se debe comprender.
Todas las civilizaciones y hombres que han podido aproximarse al más allá, nos fortalecen ante la muerte anunciando, tal y como lo hacemos los católicos y los demás cristianos, en la creencia en la vida eterna.
(San Francisco de Asís, antiguos retratos)

Monseñor Ovies, lo señaló de manera admirable: “no tengas miedo a la muerte, tengamos miedo de enfrentarnos a la muerte, como decía San Francisco, sin el vestido de fiesta…”. En otras palabras, no temamos a la muerte sino a la forma como realizamos en este mundo la existencia por nuestros actos, por las consecuencias de lo que generamos los unos contra los otros.
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(Tomado de El Universal, 30/11/20259





