Perú, Creer o no Creer en la Democracia.

José Félix Díaz Bermúdez

La política, y entre sus formas de gobierno la democracia, en atención a sus características y condiciones esenciales, no admite en estricto rigor intermedias posiciones sino determinaciones verdaderas: creer o no creer en ella; practicarla de manera sostenida e inquebrantable; acudir a ella a la hora de las decisiones; admitirla como mecanismo esencial de la vida política y social de los pueblos y el destino de los dirigentes.

Resulta inconsecuente ser democrático para unas situaciones, y antidemocrático en otras. Valerse de la democracia según las conveniencias; utilizarla cuando se dispone de la seguridad de vencer; despreciarla y cuestionarla cuando no nos resulta favorable.

La democracia auténtica no puede ser ambivalente, cambiante, variable según los intereses personales. El principio de la mayoría es una de sus reglas sustanciales; la mayoría decide y cada voto ciudadano, rural, urbano, de los valles, de las costas y de las serranías, de las ciudades y los pueblos es igual, independientemente de las condiciones particulares de cada ciudadano, y es precisamente este uno de los avances fundamentales de la democracia para superar el voto por clases, géneros, nivel de instrucción y educación.

El debate y la vida política del Perú en estos últimos años se ha signado por una marcada confrontación e inestabilidad hasta el punto que han tenido en poco tiempo varios presidentes.

De la misma manera, nunca ha sido tan cerrada una elección presidencial como esta del 2026, en la segunda vuelta, entre Keiko Fujimori, candidata de Fuerza Popular, representante de la derecha, y Roberto Sánchez, Juntos por el Perú, candidato de las izquierdas por que son varias desde la más extrema y radical, hasta la más centrista.

En medio de una elección cerrada, y luego de haberse exhibido como ganador Sánchez el mismo día de la votación, Keiko Fujimori, al contrario, demandó prudencia en espera de los resultados finales, y la determinación oficial de la ONPE (Oficina Nacional de Procesos Electorales), organismo electoral peruano, cuyo presidente, Bernardo Pachas Serrano, ha exigido respeto a la voluntad popular; aceptación democráticamente de los resultados; reconocimiento de la operatividad y verificación técnica de la autoridad electoral la cual es autónoma e independiente frente a otras ramas del Estado; y en especial, afirmó que todos y cada uno de los partidos y grupos participantes tienen en sus manos las actas electorales, que las actas se resguardan en varios niveles de comprobación y validación interna e, igualmente, estuvo presente en las elecciones la observación internacional que se acudido al Perú con plenas garantías y ha manifestado sus respectivas conclusiones sin haber desconocido la validez del proceso.

No obstante todas estas etapas e incidencias, así como de haber trascurrido a lo largo de este tiempo desde las votaciones un riguroso y certificado conteo de los votos visualizado públicamente a través de las redes sociales; a pesar de la contradictoria posición actual del candidato Roberto Sánchez en cuanto a no reconocer las elecciones y convocar a manifestaciones populares en contra de las mismas por no serle sido favorable la respuesta de la mayoría, a esta hora y desde hace varios días, Keiko Fujimori le aventaja de manera sostenida, contados hasta este momento un 99,42 % de los sufragios, con más de 40 mil votos de diferencia, la candidata de Fuerza Popular, esperándose que en pocas horas, ya cuando finalice el examen de las actas objetadas, y se proclame oficialmente como Presidenta electa de Perú.

De esta elección presidencial se derivan importantes consecuencias para ese país y para la región: el Perú debe recuperar su estabilidad política alterada desde hace varios años; el hecho de que entre ambos candidatos se divide y polariza el electorado del país con un margen estrecho deben o obligar, tal y como lo ha indicado la propia candidata triunfadora Fujimori, a establecer puentes de diálogo y concordia democrática; el Perú con este resultado sigue la tendencia de girar democráticamente hacia el centro y la derecha política tal y como está ocurriendo en todo el continente superando una década de gobiernos de izquierda cuestionados por sus resultados y por numerosos escándalos de corrupción, ineficiencia y dilapidación de los recursos del Estado. Ante estos hechos se hace indispensable que la madurez y la cultura democrática se imponga definitivamente como práctica en el Perú y en cada uno de nuestro países cansados de malos gobiernos, estancamiento y retroceso de la economía, la pérdida del bienestar, la falta de credibilidad política, la falta de justicia y autoridad, irrespeto de las leyes, el descarado aprovechamiento e enriquecimiento ilícito en el manejo de los recursos públicos.

El desconocimiento del candidato Roberto Sánchez de los resultados que se están obteniendo oficialmente sería sumamente grave; el llamado a realizar la “toma de Lima”, tal y como lo propuso recientemente, representa un gravísimo error y contradicción y más cuando había declarado públicamente que iba a respetar la voluntad de la mayoría, tal y como corresponde a verdaderos demócratas.

Señalar, como lo hizo en reciente conferencia, que los votos del extranjero no deben ser tomados en cuenta, resulta sorprendente. La indicación absurda de que el candidato que más regiones alcance debe ser presidente, también constituye un desatino que vulnera la Constitución y la legislación electoral de su país, el principio de la mayoría y la igualdad del voto, lo cual puede alterar, una vez más, la estabilidad del país.

Lo anterior evidencia en los hechos. la existencia o no de una postura clara entre creer y no creer en la democracia, lo cual somete a prueba, otra vez más, la credibilidad de la dirigencia peruana, así como la de otros dirigentes, movimientos partidos nacionales e internacionales, que han consentido y estimulado la alteración de las reglas democráticas y con ello permanecer en el poder, a costa de los reales resultados, la verdad y transparencia de la vida política, y preferir una victoria a la fuerza a una honorable derrota, tal y como corresponde en democracia cuando la libérrima voluntad popular se expresa con rectitud y contundencia.

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