Fátima, Nuestra Madre Inmortal

José Félix Díaz Bermúdez

Hace pocas horas en Portugal, así como en otras partes del mundo católico, multitudes de creyentes han celebrado con fe un año más de las apariciones milagrosas, extraordinarias, trascendentes de la virgen María, madre de Cristo, en su singular advocación de Fátima.

Una vez más, María convoca al ser humano, otra vez lo enaltece, otra vez lo llama, nuevamente nos invita al bien, al amor, al deber, a la virtud, a la paz y a la alegría que supone Cristo para el mundo, un mundo redimido y salvado luego de tantos males por los que la humanidad ha transitado en medio de los siglos.

La historia y el mensaje de aquellas apariciones y lo que Fátima significa para la fe cristiana y no cristiana, porque su mensaje va mucho más allá de los límites de una religión, conmueve y nos permite apreciar como ella, María, se involucra, participa, se conduele de nosotros, vive nuestros dolores, los hace suyos, permanece a nuestro lado, es solidaria, va actuando en la vida del hombre como madre atenta y servicial, verdadera, permanente, que sufre con nosotros, que añora un mundo diferente, al lado de su hijo en la Cruz, al lado de nosotros en la vida.

Su historia es maravillosa, ya lo habíamos descrito en varias ocasiones, pero ella se renueva cada vez que aparece en nuestras almas y recobra vigencia, nuevos matices, impresionante significación.

En ocasión al centenario de sus apariciones en el año 2017, y del centenario también de la Primera Guerra Mundial, escribimos y advertimos sobre la trascendencia del mensaje mariano sobre Rusia y sus hechos políticos, de la siguiente forma:

“El misterio singular de su presencia entonces en medio de una Europa y un mundo convulsionado en el cual se estaba desarrollando la: “Gran Guerra” que había comenzado en el año de 1914 y que se prolongó por varios años con efectos sociales desastrosos y, al mismo tiempo, el surgimiento en 1917 en Rusia de la llamada: “Revolución de Octubre”, que destruyó a la Rusia zarista, instauró un régimen comunista y amenazó a las otras naciones con sistemas distintos, revelaría ante los hombres la necesidad de una indispensable conversión que contribuyera a detener los males presentes y futuros.

En el mensaje de las revelaciones de la Virgen a los tres pastorcitos: Jacinta, Lucía y Francisco -la segunda custodió por muchos años aquel mensaje excepcional-, se evidencia la preocupación de la Madre de Dios por el destino de la humanidad y en particular por Rusia, donde finalmente se impuso el totalitarismo, el menosprecio a las libertades individuales, en avance militar y cultural sobre otras naciones, el surgimiento de un régimen que privilegió al Estado, sometió a la persona y censuró la religión”.

Fátima llama a la libertad del hombre, al respeto a sí mismo, al respeto hacia la humanidad. Fátima se conduele por nosotros y por los pueblos de cualquier lugar, y más cuando se alejan de la responsabilidad y del deber: cuando no creen, cuando se apartan por sí mismos o a la fuerza del camino de virtud y convivencia que la vida cristiana supone en cualquier dirección, ideología, gobierno, en cualquier lugar y sociedad.

Sus milagros alcanzan y se manifiestan de todas las maneras: el encuentro en el campo con humildísimos pastores, niños inocentes y desconocidos; en la insólita presencia ante miles de personas alterando todos los elementos, agitando los cielos, acercando al sol, mojando la tierra, secándola de inmediato, apareciendo ella misma como la propia luz, haciendo todo lo necesario para sacudir la conciencia descreída de los hombres soberbios, prepotentes, indiferentes, descreídos, ausentes de los mandatos de Dios.

Aquel milagro suyo ante 70 mil personas, registrado, fotografiado, testimoniado, evidenciado de mil maneras, es uno de los más admirables en pleno siglo XX en el momento terrible en que se desató como nunca la mayor tragedia de la historia moderna.

 

“María en Fátima, “la señora más brillante que el sol”, -expresé igualmente- obró maravillas indecibles aquel 13 de octubre de 1917 cuando en el campo la lluvia cesó completamente y el sol apareció otra vez, secó la tierra, recorrió el espacio celeste cambiando de tamaño y lugar, se aproximó a la gente y se alejó de nuevo, regresó a su sitio habitual todo de manera tan inexplicable y misteriosa que representa un milagro excepcional expuesto ante los ojos de la multitud ignorante y descreída tantas veces y que al final comprendió la verdad del testimonio de los niños, la grandeza de Dios, de Jesús y de la madre del Señor, irremplazable y superior, protectora nuestra, mediadora sublime y efectiva, guía certera y transformadora del destino de los hombres”.

María nuestra madre, la señora de Fátima, la virgen de Coromoto para nosotros; la Virgen del Pilar para los españoles; la Virgen negra para los polacos; la virgen de Guadalupe para los mexicanos; la virgen de Medjugorje para los bosnios; la virgen aparecida para los brasileños; la virgen milagrosa para los franceses, ella en todas partes donde ha aparecido y aparecerá es una sola, es María, la madre nuestra y de Cristo, al pie de la Cruz presente, la gestora de su nacimiento, que no se separa de nosotros pero que nos pide a cada instante que oremos y que actuemos por el bien de cada uno de nuestros semejantes.

Cada 13 de mayo Fátima reaparece otra vez entre nosotros pero debe estar presente siempre, como aquel día extraordinario de 1917.

(Tomado de El Universal, 17/05/2026)

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