José Félix Díaz Bermúdez
Recordar a José Luis Salcedo Bastardo por su trayectoria en Venezuela, en España, en América Latina, en Europa como historiador e intelectual sobresaliente, profesor, investigador, editor, conferencista o diplomático en Ecuador, en Francia, en el Reino Unido; como individuo respetable, sereno, amigable, sencillo, accesible, honesto y generoso, porque supo serlo con la juventud que le rodeaba y entre ellos mí persona, es un deber inexcusable, es un deber de la amistad, en un deber de ciudadanía, aprecio y gratitud, y más en esta tierra suya oriental, sucrense, cumanesa, carupanera, venezolana en definitiva cuyo gentilicio local, regional, nacional honró y exaltó en grado sumo.
Examinar su hoja curricular sorprende ante la multiplicidad inagotable de su acción intelectual que partió en su juventud desde la celebración del Tricentenario de Carúpano y se fue extendiendo progresivamente a ámbitos superiores como docente, investigador, en diversas universidades nacionales, entre ellas la de Oriente; Secretario de la Universidad Central de Venezuela al recuperarse nuevamente la Democracia en 1958, y haber tenido hidalguía de haber propuesto un homenaje a don Rómulo Gallegos.

Fue senador por el Estado Sucre, miembro o presidente de Comisiones históricas de relevancia superior asociadas principalmente a fechas estelares Sesquicentenarias o Bicentenarias en homenaje a Bolívar y a Sucre. Pocos venezolanos como él dictaron tan numerosas conferencias sobre Venezuela, su historia, sus prohombres, sus acontecimientos a lo largo de América Latina y Centroamérica; en Europa y en África en prestigiosas universidades y reconocidos institutos. Escritos, libros, artículos, los más reconocidos sobre la vida de Bolívar, por ejemplo, y multiplicados por el mundo en ediciones en otras lenguas. Pocos escritores patrios, salvo Gallegos, han sido traducido como él en otros idiomas.
En lo político y parlamentario participó en la actividad legislativa vinculado a la elaboración de varias leyes especialmente relacionadas con la educación y la cultura.
Fue ministro de la Secretaría de la Presidencia de la República bajo el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez y miembro o presidente de misiones culturales y comisiones celebratorias relevantes en distintos lugares. Algo en él existía de aquel impulso mirandino de recorrer el mundo hablando, enseñando, pronunciando en todas partes el nombre de Venezuela, de Bolívar, de Miranda y de Sucre.
Educado, gentil, amabilísimo, un caballero en toda la extensión de la palabra, al cual nunca le observé un gesto destemplado, engreído, soberbio, como sí lo aprecié en otros que pretendían homenajes y reconocimientos que en realidad no merecían.
Era un hombre que atendía, aconsejaba, respondía, y que no le hacía sentir a los demás la autoridad innegable de su talento y su obra, obra que en campo universitario fue destacada; en la academia sobresaliente; en la actividad administrativa proba y relevante; en el Despacho Presidencial ilustrada y afirmativa; en el discurso público pedagógico; en sus escritos preciso, claro, formador, ilustrativo, y en los cuales se podría desprender el conocimiento histórico, político, social, cultural, humanístico en definitiva, con elegancia y trascendencia, al mismo tiempo de cercanía hacia las gentes como si nos enseñara en el aula de clases con el deseo permanente de sembrarnos valores y ejemplos.
Era bajo de estatura, de correctísima conducta y de pausado hablar, la dimensión del hombre estuvo en él bien expresada en la extensión de su exquisito don de gentes, en su amplia cultura y en su obra prominente de la cual expresaba lo necesario, sin abrumar ni sobrepasar, e inclusive refiriendo sobre sí mismo con un poco de humor, tal como aconteciera un día cuando lo visité en su despacho como Embajador de Venezuela en Londres, en cuya ocasión me expresó lo siguiente: “no soy un diplomático de carrera sino un diplomático a la carrera”.
Cuando llegué a París, en el año de 1984 a cumplir tareas en la Embajada de Venezuela en Francia, al recorrer y escudriñar su biblioteca, una de las obras importantes en la misma era: “Bolívar, un continent et un destin”, en acertada edición francesa, que tanto lucimiento daba a la historia de nuestro héroe en aquel gran país de Europa donde destacó como uno de sus principales paladines en la Revolución Francesa, don Francisco de Miranda, cuyo retrato está en uno de los salones principales del Palacio de Versalles, y cuyo nombre máximo está escrito destacadamente en el Arco de Triunfo de París.
Pero antes de esta tarea destacada en representación de Venezuela que desempeñó con brillo, en una oportunidad me refirió lo que significó su gestión desde la Secretaría de la Presidencia de la República, en el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, y cómo este mandatario fue receptivo a sus propuestas, dictadas a través de Decretos relevantes sobre efemérides históricas, celebraciones y acontecimientos importantes para la cultura, la educación y la formación patriótica nacional y latinoamericana.
A los hombres, a los literatos, a los escritores, a los poetas, a los historiadores, a los filósofos, entre otros, se les conoce por sus obras escritas, por la trascendencia de su mensaje a los demás, por el aporte que realizan a las ideas, a la investigación, al entendimiento de la sociedad de la que viven, de la pasada y de la futura: describirla, narrarla, interpretarla, transformarla y propiciarla para bien de los hombres que vienen.

Su libro “Historia Fundamental de Venezuela” testimonia con equilibrio, buen juicio, investigación metódica y alto sentido pedagógico, uno de los trabajos modernos más completos acerca de la historia venezolana, desprendido de estilos y formas epopéyicas auspiciador del juicio racional y la comprensión cabal de nuestro arduo y difícil proceso histórico.
Esta obra fue escrita para el conocimiento pero también para la razón, para la argumentada interpretación de Venezuela, sus sucesos y sus personajes, con el soporte autorizado de abundantes documentos que nos lleva a descubrir no únicamente los hechos individuales de los hombres sino la relación colectiva de los acontecimientos y su impacto; la formación de la nacionalidad; el desarrollo de nuestras complejas realidades; el surgimiento y los efectos del caudillismo; las dificultades de la República; el atropello del autoritarismo; sus constituciones, los ideales que sobresalieron y resistieron los embates de nuestra adversidad y que persistieron en la propuesta de Nación y todo lo que implica. La totalidad de Venezuela está allí en esa obra densa, trascendente para conocerla, estudiarla, entenderla, juzgarla, valorarla con criterio de hoy.
Salcedo Bastado nos dispone a comprender como Nación el significado de la historia y el rol que tenemos en ella. En su obra: “Historia Fundamental de Venezuela”, nos aporta una visión distinta a lo que en muchos momentos fue el planteamiento de los sucesos patrios y sus personajes y, en tal sentido, explica: “Los especialistas, e igualmente los lectores comunes, percibirán el propósito globalizador y crítico que nos guía, el cual -así sea imperfecto- quiere apuntar hacia otros horizontes y posibilidades del conocimiento histórico. Sin pretender originalidad -nos advierte- pues el expositor no fabrica sucesos, ni le es permitido torcer la lógica de los mismos, ni predicar causalidades que no existen, reivindicamos el empeño de rigurosa síntesis…”, y nos aporta en esa comprensión del complejo hecho histórico que la misma, la historia: “ …es el registro y análisis del diversificado acontecer de un pueblo, debe transparentarse lo que pudiera ser como el rostro de éste; en la historia debe leerse la biografía de la comunidad…”.
Con esta visión nos aleja de la estricta sucesión de hechos y acontecimientos aislados, y nos inserta tal y como lo describió en su obra, en etapas fluidas que de acuerdo a su propuesta analítica comprenden: el orden colonial, la revolución, la contrarrevolución y el nuevo tiempo, apreciando un desenvolvimiento plural y un entendimiento general y armónico de Venezuela al definir que ella es: “plenitud como la vida misma”, y al entenderla no como compartimientos cerrados y excluyentes sino que la patria es: “…sociedad y es economía, y política y arte, también es derecho, costumbres, religión, intereses prosaicos, filosofía, acción y pasión, ideales, etc…”. El mismo señaló que su obra mayor se ha basado en tres elementos distintivos: principios, factores y personajes.
Desde el inicio al tratar el extraordinario tema de la Independencia y sus variadas relaciones y efectos, nos ubica desde el comienzo en la comprensión de sus actores, sus condiciones, características, orígenes, intereses y evolución, y nos coloca en el lugar preciso para comprender y valorar que: “La independencia es obra de militares y civiles hermanados en un solo esfuerzo”.
Y gracias a este enfoque empezamos a comprender que los héroes no son todo, que los mismos forman parte de una realidad, de un proceso, de múltiples factores que ellos encabezan en un momento singular pero que no son los únicos y que por ellos mismos no se explican, se construyen y realizan, las causas, los acontecimientos, el desarrollo y las consecuencias de la historia.

Al presentar a Bolívar, a Miranda, a Sucre, a Urdaneta, a Soublette, a Páez, no excluye en importancia y significación en nuestra historia a Roscio, a Revenga, a Peñalver, a Gual y a otros, y entre los cuales la revolución de Independencia se justifica y proyecta, con sus aciertos y vicisitudes, porque entre ellos existen semejanzas, contradicciones, enfrentamientos, intereses, ambiciones, observando la realidad de que la historia no es lineal y que los ideales, necesarios e inspiradores, muchas veces no se realizan en la forma y en el tiempo que inicialmente se proponen y concretan.
En ese entender profundo de los hombres y de las realidades, lo que hicieron y lo que no pudieron alcanzar, José Luis Salcedo Bastardo conoció y describió las particularidades de cada uno de nuestros prohombres sin desvincularlos de su entorno y su circunstancia y definió, tal y como expresamente se lo escuché en una conferencia, y me lo refirió en una oportunidad, que los cinco (05) actores principales emblemáticos de nuestra historia fueron: Bolívar, Miranda, Sucre, Bello y Rodríguez. En ellos, en su grandeza y su tragedia, en sus limitaciones y posibilidades, en la esperanza de los que debemos ser, se evidencia lo principal de Venezuela si lo queremos apreciar desde la perspectiva de los prohombres y su hechura superior.
Cuánta síntesis admirable de tantas décadas de estudio de nuestra historia se manifestó en una de sus obras esenciales: “El Hombre entre los Hombres”, que me dedicó una vez, presentando, analizando, juzgado con sabiduría, con sus aciertos y contradicciones, a varios de los principales actores del proceso de nuestra Independencia, decantados del mito y exhibidos como humanos.
Y sí algo nos vinculó profundamente desde el día primero que en mi adolescencia recibí de parte de alguien de mi familia un libro editado en Brasil: “Visión y Revisión de Bolívar” en versión portuguesa, y por hecho del destino curioso que propicia encuentros y nos une con lazos profundos de admiración y de amistad forjados en las ideas y los símbolos, se materializó aquella afinidad en diversos episodios y situaciones, conversaciones, actos, trabajos, reuniones, en torno a la figura extraordinaria y principal uno de los ejes esenciales de mí interés ciudadano, intelectual, nacionalista y americanista como es el Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre, levantado a pocos metros de aquí en la gloria perpetua de su historia magnifica y en la gratitud inmortal de su pueblo natal y de los hombres libres de todas partes.
Debo narrar ese vínculo honroso, decisivo para mí persona, y más aún en la tierra del nacimiento del héroe, en la patria oriental, en Cumaná que fue provincia que agrupó todo este territorio esencial, principal, decisivo en la historia de Venezuela republicana, soberana, democrática e independiente.
Ningún otro lugar es tan propio, tan resaltante, tan inspirador como este: la Casa Natal de Andrés Eloy Blanco, quien nos supo también advertir a tiempo que no podemos pensar y justificar la existencia y la presencia histórica de Bolívar sin pensar y valorar que Bolívar, no sería Bolívar, sin el pueblo que le acompañó, expresión maravillosa y cierta, luminosa y penetrante como muchas de nuestro gran poeta en uno de sus mejores discursos.
Muchos momentos estelares de mi existencia ciudadana, de mi formación intelectual e histórica me vincularon con Salcedo Bastardo, él como maestro extraordinario con respecto a la vida y a la obra del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, como si el destino de alguna forma determinara los encuentros de espíritus afines a una idea sublime, a un acontecimiento extraordinario, al ejemplo trascendente de una vida que proyecta sobre los seres humanos su grandeza, su virtud inspiradora y realizadora.
El 19 de septiembre de 1992 fue una de aquellas ocasiones inolvidables cuando a nuestra invitación y de la empresa petrolera en la cual laboré en esos años, estuvo en la ciudad de Barinas, y ofreció allí ilustrada conferencia: “Sucre: Dos Siglos”, en la cual dictó un magnífico discurso en el cual destacó la grandeza e inmortalidad del héroe cumanés. En ese entonces expresó Salcedo Bastardo: “Fue ejemplo perfecto de militar cabal, desde los 13 años estaba en un cuartel; fue General en Jefe, Gran Mariscal, Ministro de Marina de Guerra, Presidente Fundador de Bolivia; ejerció cargos de Gobernador, Ministro, Senador, fue diputado electo de menos edad; fundó una Corte de Justicia sin ser abogado, no fue universitario y le tocó fundar universidades”, sintetizando con elegancia y precisión a Sucre como: “El hombre de la americanidad sustancial”.
¿Con cuáles otros testimonios personales puedo expresar mi gratitud sincera como venezolano y como amigo a este insigne hombre de la intelectualidad americana? Varios relevantes: de sus manos recibí como obsequio preciado mientras ejerció con notable brillo la presidencia de la Comisión Bicentenaria del Natalicio del Gran Mariscal Sucre, la preciada joya de los varios tomos del: “Archivo de Sucre”, tarea organizativa relevante en la que demostró su talento con proyección continental en tan destacada fecha.

Igualmente, tuvo la deferencia de invitarme a esta noble ciudad de Cumaná a los actos en homenaje a Sucre en ocasión al bicentenario de su nacimiento, con la presencia de varios presidentes de América Latina.
Otro hecho más evoca la memoria con gratitud y reconocimiento, cuando me presentó al gran historiador ecuatoriano Jorge Salvador Lara al anunciarle mi viaje hacia Quito para que yo siguiera -en su propia expresión-: “las huellas de Sucre”.
Al concluir en cierta forma la presencia de recuerdos admirables que justifican el aprecio y el estimable honor de haberle conocido y tratado, Salcedo Bastardo y otros distinguidos historiadores venezolanos fue jurado en el Concurso Ensayo Bicentenario del Gran Mariscal de Ayacucho, convocado por la Universidad Central de Venezuela en 1995. La fortuna quiso que yo fuera el ganador anónimo de ese certamen importante con mi obra: “Sucre, Gran Mariscal de América”, y luego de emitirse el veredicto por parte de los organizadores solicité que prologara el libro nuestro insigne historiador para guardar como en efecto hago en mi memoria el gesto con el cual me distinguió sobremanera.
Otros hechos más que puedo tributar a su recuerdo admirable: haberme referido sus comentarios sobre cuáles eran las mejores estatuas de Bolívar en el mundo y su juicio sobre ellas; haberme señalado cual debía ser la carátula para mi obra biográfica sobre el Gran Mariscal y, en efecto, es la que se publicó con el retrato que consideraba era el más fidedigno sobre el héroe de Pichincha y Ayacucho.
La generosidad formó parte de sus excelsas virtudes de las muchas que elevaron su nombre y que justifica que hoy al conmemorarse los 100 años de su nacimiento en Carúpano, un 15 de marzo de 1926, vengamos todos a esta Casa Natal de un gran poeta, donde la virtud hace sitio, la inteligencia se pronuncia, y la libertad alza vuelo ciudadano y democrático al pronunciar con orgullo y gratitud para que las generaciones vienen el nombre de José Luis Salcedo Bastardo, honra del gentilicio sucrense, oriental y venezolano.
(Tomado del diario El Universal, 29/03/2026)




