Cristo, Su Imagen con los Siglos

José Félix Díaz Bermúdez

Indudablemente la figura de Cristo ha constituido para el arte pictórico y escultórico en Europa de manera destacada pero también en Nuestra América, en Asia, en África, en lugares que como Filipinas recibieron la influencia española, la lengua, la cultura, una de las manifestaciones más extraordinarias por la variedad, extensión y constante tratamiento de su imagen y, en especial, del Jesús crucificado.

Entre tantas manifestaciones populares dedicadas al Señor que se conservan por ejemplo en España, desde el siglo XIII hasta el siglo XVIII, se pueden apreciar la evolución de su figura, en muchos casos rústicas, y es un milagro que se conserven, como también las más acabadas que evolucionan progresivamente en belleza, en fineza, en detalles y en materiales como es el caso de maderas diferentes, el marfil, el alabastro, la incrustación de piedras y metales, que evidencian la calidad de los artistas que en distintos lugares cumplieron los encargos particulares, la demanda de los conventos, los requerimientos de las iglesias, la solicitud de los señores, ermitas, oratorios, celdas monacales, casas y palacios.

En cada imagen de Cristo existe una manera de sentir su dolor y su pasión. He observado distintas obras de autores desconocidos muchas en las que, sin embargo, admira su piedad y trascendencia. Un Señor sin brazos, desnudo, con el breve paño que le cubría, su pecho casi sin detalles aparentes destaca, sin embargo, por la forma de sus costillas visibles en el seguro jadear de la agonía. En el rostro de esa imagen en madera, tosca para muchos, sus ojos cerrados, sus labios abiertos ya agotado de tantas respiraciones forzadas pero que, progresivamente, van cesando cuando la muerte se le aproximaba.

Otro Cristo crucificado más perfecto es aquel realizado en marfil. Su cabeza ladeada a la derecha; una cruz no de espinas sino compacta sin adornos; sus brazos rectos en los extremos; sus costillas y sus músculos del pecho y del abdomen más perfectos; un ondulado y largo paño desde la cintura a las rodillas; el pie derecho sobre el izquierdo traspasado por un solo clavo doloroso y terrible.

Una figura más perfecta en madera, español seguramente su origen, nos presenta a un Jesús con el rostro hacia abajo, con los ojos cerrados con extraña expresión, serena en medio del martirio. Su pecho hacia adelante y su abdomen, aún cuando sin finos detalles, con una armonía extraordinaria; su costado derecho abierto y herido; las rodillas juntas pero sus piernas inclinadas a la izquierda y sus pies, otra vez el derecho superpuesto al izquierdo pero con un magnífico detalles en las características de los pies. Ese era un crucifico con una vida particular. Un Jesús que muere pero que aún conserva la composición armónica del cuerpo como si el dolor desapareciera ante la belleza de lo que significa la redención para nosotros.

De múltiples maneras se ha representado a Cristo. Una extraordinaria imagen en marfil lo expresa con el cuerpo arqueado hacia adelante y la cabeza en alto, como si desde los extremos en los pies y en las manos se impulsara en un acto de entrega final a Dios.

Uno último como de porcelana tan perfecto y tan hermoso en detalles que lo sublimizan de tal modo que parece que el artista privilegió la forma acabada pero no auténtica, superior tal vez, pero que no ha debido ser el Cristo real, martirizado, adolorido, desesperado, como estuvo en cada instante de ese sufrimiento: la máxima crueldad del hombre ejercida sobre otro al cometer el peor de los crímenes.

Si alguna santa imagen del señor me ha impresionado, además de las del Nazareno de San Pablo, aquí entre nosotros, como un recuerdo de la lejana infancia, el Nazareno de Boconó, en el histórico Trujillo, singular por la forma como Jesucristo nos mira, el gesto que refleja al mirarnos de frente, aceptando pero al mismo tiempo dimensionando su extraordinario sacrificio.

(Nazareno de San Pablo, Caracas, Imagen: Noti tarde, foto Agencia)

Otro de los más antiguos y venerables en nuestro arte religioso, es el Cristo en la Iglesia de la Asunción en Margarita, imponente en la forma de su cuerpo, con un rostro cabizbajo, sereno, hermoso, como si ya durmiera para despertar con gloria en el momento de la resurrección.

(Cristo crucificado, Iglesia La Asunción, Margarita, Venezuela)

¡Qué hermoso es ese Cristo sencillo de las casas humildes que deslumbra más que otros porque su perfección se alcanza en nuestros corazones, en el hogar modesto que sabe amar en la pobreza!

La Semana Santa nos invita a renovar la fe, bendecir a nuestras familias, bendecirnos a nosotros mismos y, en especial, a Venezuela porque nos espera y lo merecemos, lo más prometedor y verdadero del futuro.

(Tomado de El Universal, 22/03/2026)

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